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Marquesa · de · Merteuil


Las Amistades Peligrosas

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(Billete.)



No me gusta que se agreguen malas bromas a los malos procederes, y mi conducta está en armonía con mi gusto. Cuando tengo que quejarme de alguien no trato de ponerle en ridículo; hago más que eso, me vengo. Por muy contento que usted pueda estar en este momento de sí mismo, no olvide que no sería ésta la primera vez que usted se ha aplaudido antes de tiempo, solamente por la esperanza de una victoria que puede escapársele en el instante mismo en que parece más segura.

París, 6 de diciembre de 17...
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¡Vizconde, tenga cuidado, y repare en cómo es fuerza manejar mi extrema debilidad! ¿Cómo quiere que yo soporte la idea de incurrir en desagrado de usted, mostrando su indignación, y sobre todo que no sucumba ante el temor de la venganza que usted previene? Además, como bien lo sabe, si lograra hacerme cualquier perversidad, me sería imposible devolvérsela. La existencia de usted no sería por mi influencia menos tranquila ni menos brillante. Concretamente, ¿qué tendría que temer? Ser obligado a partir si se le daba tiempo para ello. ¿Pero no se vive en el extranjero como aquí? y en todo trance, y dado que el tribunal de Francia lo dejase a usted en paz, ¿acaso el cambio de lugar no daría nuevo teatro a las hazañas y triunfos de usted? Después de intentar devolverle la sangre fría por estas consideraciones morales, volvamos al asunto.

¿Sabe usted por qué no he vuelto a casarme? No es, sin duda, por falta de partidos ventajosos, sino porque nadie tenía derecho a analizar mis acciones. No es que tenga miedo a un freno a mi voluntad, que ésta a fin hubiera triunfado, pero me hubiera molestado en verdad que alguien tuviera el derecho de quejarse; por que, en fin, yo no deseo engañar por necesidad, sino para mi placer. ¡Y he aquí que me escribe la carta más marital que darse puede! Sólo me habla de faltas por mi parte, y ¡gracias por la de usted! ¿Pero cómo es posible faltar a quien nada se le debe? No acierto a ver claro en este asunto.

Pero examinemos el caso. ¿Usted ha encontrado a Danceny en mi casa y eso le disgusta? En buena hora; pero, ¿qué es lo que usted de aquí deduce? Que esto se debía al acaso como le dije, o a mi voluntad como no dije a usted. En el primer caso su causa es injusta; en el segundo es ridícula; ¿valía la pena escribirla? Pero usted está celoso y los celos no razonan. Pues bien, quiero razonar por usted.

O usted tiene un rival, o no lo tiene. Si lo primero, fuerza es superarle en atractivos para triunfar; si lo segundo, fuerza es agradar para no sufrir lo primero, que suele no hacerse esperar en casos tales. En ambos casos, la misma conducta se impone; ¡a qué atormentarse! ¿Por qué, sobre todo, atormentarme a mí? ¿Desconfía, acaso, de su éxito? ¿No sabe ser el más digno de amar? Usted es injusto consigo. Pero no es esto todo; es que no quiero que se dé tanta pena. Usted desea menos mis bondades que abusar de su imperio. ¡Usted es un ingrato! A poco que continuase esta carta sería muy tierna, pero no lo merece.

Usted no merece que yo me justifique. Para castigarlo de sus sospechas, le obligo a considerarlas, así sobre la época de mi vuelta, como sobre la venida de Danceny. ¡Usted se ha tomado un gran trabajo por conocer la verdad! ¿Está ya más al corriente? Deseo que haya encontrado mucho placer en el asunto; por lo demás, en nada ha perjudicado al mío.

Cuanto puedo responder a su carta amenazadora es que no ha tenido el don de agradarme, ni el poder de amedrentarme, y que nunca menos que ahora acordaré lo que se me pide.

Aceptarle tal como hoy se muestra sería un caso de infidelidad real. No sería esto reanudar con el antiguo amante, sería tomar otro decididamente inferior al primero. No he olvidado tanto éste para engañarme así. El Valmont que yo amaba era encantador. Convengo en que nunca encontré un hombre más digno de amor. ¡Ah! le ruego, vizconde, que si lo encuentra me lo envíe; siempre será bien recibido.

Prevéngale, sin embargo, que en ningún caso será para hoy ni para mañana. Su Menechme le ha perjudicado intimidándome, temería engañarme, ¿o tal vez habrá dado palabra a Danceny de recibirle estos dos días? Usted verá que es preciso esperar.

Pero, ¿qué le importa? Se vengará bien de su rival. No será él peor para su amada, que lo es usted para la suya; y después de todo, una mujer no vale más que otra. Tales son las máximas de Ud. La que firma y escribe no existiría más que para usted, y que morirá al fin de amor y de pena, ¿no será sacrificada al primer capricho, al temor de ser burlado un momento? Eso es injusto.

Adiós, vizconde, vuélvase amable. Yo no le pido más sino que sea usted seductor; y cuando de ello me convenza, me comprometo a demostrárselo. En realidad, soy muy buena.

París, 5 diciembre 17...
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¡Dios mío, cuándo querrá usted cesar en sus deseos obstinados! ¡Qué le importa mi silencio? No crea que obedezca a falta de razón para defenderme. ¡Ah! así fuera. No, es que me cuesta trabajo decírselo.

Hablemos seriamente; usted se engaña a sí mismo, o trata de engañarme. La diferencia entre sus discursos y sus acciones, me pone en esta alternativa de sentimientos: ¿cuál es el verdadero? ¿Qué quiere usted que le diga cuando yo misma no sé qué pensar?

Usted hace un gran mérito de la última escena con la presidenta; ¿pero qué prueba nada de eso en contra del sistema de usted, o contra el mío? Seguramente yo no he dicho que usted ama a esa mujer lo suficiente para no engañarla, para no aprovechar todas las ocasiones que se le presenten y que le parezcan agradables o fáciles; yo no dudaba que no le fuese igual satisfacer con otra, con la primera que se presentase, hasta aquellos deseos que ella sola hubiera podido originar; y no me sorprende que por un libertinaje que nadie puede disputarle, haga usted por proyecto lo que tantas veces hace inconscientemente.

Pero lo que digo, lo he pensado y le repito ahora, es que no por esto tiene menos amor a la presidenta; no puro y tierno, sino el que usted puede tener; el que, por ejemplo, hace encontrar a la mujer los encantos que no tiene; que la juzga excepcional, vejando a las demás; tal, en fin, como un sultán puede conceptuar a la sultana favorita, lo que no impide que un día se entretenga con una odalisca. Y tanto más justa me parece esta comparación, cuando que usted no es nunca ni el amante, ni el amigo de una mujer, sino su tirano o su esclavo.

En su última carta, si no me habla únicamente de esta mujer, es porque nada quiere decirme de sus grandes asuntos; v el silencio que guarda acerca de ellos le parece una penitencia para mí. Después de mil pruebas de su preferencia decidida por otra, me pregunta si existe entre nosotros algún interés común. Cuidado, vizconde; si alguna vez respondo, mi respuesta será irrevocable, y temer hacerla en este momento es quizás decir ya mucho. No le hablaré, pues, de esto.

Lo que puedo hacer es contarle una historia. Quizá no tenga usted tiempo de leerla o de prestarle atención como para comprenderla bien: es cosa suya. Esta será, a lo sumo, una historia sin importancia. Un hombre de mi conocimiento, estaba engolfado, como usted de una mujer que no le hacía mucho honor. Tenía, a ratos, el claro conocimiento de que tarde o temprano sus yerros le costarían caro; pero aunque avergonzado, no tenía el valor de romper. Su embarazo era tanto mayor, cuanto que se jactaba de ser libre entre sus amigos. Pasaba su vida sin dejar de hacer tonterías, y diciendo luego: "No es culpa mía." Este hombre tenía una amiga que tuvo la intención de abandonarlo en público en este estado de embriaguez, y de hacer su ridículo incurable: pero, más generosa que maligna, quiso intentar otro recurso para poder decir como su amigo: "No es culpa mía." Comunicó al galán su decisión, por esta carta que podría ser útil a su mal: "Todo cansa, ángel mío; es ley de la naturaleza; no es culpa mía.

"Si hoy me cansa una aventura que me ha ocupado cuatro mortales meses, no es culpa mía.

"Si yo tuviese tanto amor como tú virtud, es fácil que la una hubiese terminado al tiempo que la otra. No es culpa mía.
"Desde hace algunos días te he engañado, pero a ello me forzaba tu ternura implacable. No es culpa mía.

"Una mujer a quien amo hoy exige este sacrificio. No es culpa mía.

"Comprendo que ha llegado la hora de que se me llame perjuro; pero si Dios no concede a los hombres más que la constancia, dando a las mujeres la obstinación, no es culpa mía.

"Créeme, elige otro amante, como yo otra querida. Este consejo es bueno, muy bueno; si lo encuentras malo, no es culpa mía.

"Adiós, ángel mío, te he tomado con placer, te dejo sin pesar; volveré tal vez. Así va el mundo. No es culpa mía?

Debo decir a usted, que el efecto de esta última tentativa, no es para repetirlo en el momento; pero lo diré en mi próxima. Allí encontrará usted mi ultimátum sobre el renovamiento del trato que usted me propone. Hasta entonces, adiós sencillamente...

Mil gracias por los detalles sobre la Volanges, y le doy el pésame por la perdida de su posteridad. Buenas noches, vizconde.

Castillo de... 24 noviembre de 17...
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¡En verdad, vizconde, usted es lo mismo que los niños, delante de los cuales no se puede decir nada! ¡A quienes no es posible enseñarles nada de que no se apoderen al punto! Una simple idea, no obstante advertiros la poca importancia que a ella daba, aprovecha usted para hacer de ella el fondo de mi carta; y trata de comprometerme cuando yo eludo todo compromiso, tratando de que comparta con usted sus deseos ilógicos. ¿Es generoso por parte de usted hacerme soportar todo el fardo de la prudencia? Le repito que el arreglo que me propone es completamente imposible. Aunque usted empleara toda la generosidad que muestra en este momento, ¿cree acaso que yo no tengo también mi delicadeza, y que pueda aceptar sacrificios que le perjudiquen?

Sí, es verdad, vizconde; usted se engaña en cuanto al sentimiento que siente por madama de Tourvel. Es amor, créame, o no existe el amor: lo niega usted por cien modos, pero lo prueba por mil. ¿Qué especie de extraño subterfugio es ese con que usted se miente a si mismo (y lo creo sincero para conmigo) que lo lleva al deseo de guardar a esa mujer, deseo que en vano sabrá disimular usted?

¿No se diría que usted no ha hecho jamás dichosa a mujer alguna? Y a fe que anda desmemoriado... Pero no, no esto, vizconde. El corazón perturba el ingenio, amigo mío, y le obliga a pagarse de menguados y pobres razonamientos: pero, a quien interesa el no engañarme en el asunto, soy poco fácil de contentar.

Así, pues, reconociendo su cortesía, que omite las palabras desagradables para mí, observo que, sin que usted sin duda lo note, conserva en el fondo las mismas ideas. Ya no es, en efecto, la adorable, la celestial madame de Tourvel, pero es en cambio la mujer extraña, delicada y sensible, y esto a exclusión de todas las demás: una mujer rara, en fin, como sin duda no se encontraría otra. Es el encanto desconocido que no es el más fuerte. Y bien, sea: pero puesto que usted no lo había encontrado hasta ahora, es de creer que no lo encontrará en lo sucesivo; la pérdida de madame de Tourvel sería irreparable. Si estos no son síntomas de amor, hay que renunciar a encontrar otros.

Sepa usted que por esta vez le hablo sin enfado. Me he prometido no alterarme en nada en este asunto; pudiera ser causa de perturbación y torpeza. Créame, pues, seamos amigos, y no más. Agradézcame pues mi valor para defenderme; y digo valor, porque a veces precisa aún para no incurrir en lo que a todas luces parece un desatino.

Sólo para convencerlo de cuánta razón me abona, amigo vizconde, voy a contestar a su pregunta sobre los sacrificios que yo le exigiría, y que usted seguramente no podría cumplir. Me sirvo de la palabra exigir, porque creo que usted encontrará seguramente exigencia, y grande, en cuanto voy a decirle: pero, ¡tanto mejor! Lejos de incomodarme le quedaré agradecida. No quiero disimular con usted, aunque tal vez debiera.

Exigiría, pues, ¡oh crueldad! que la extraordinaria, la admirable madame de Tourvel no fuera para usted más que una mujer vulgar, una mujer tal como es; porque, fuerza es no dejarse engañar; el encanto que a veces encontramos en el prójimo, se encuentra en nosotros mismos; y únicamente el amor realiza este fenómeno embelleciendo el objeto amado. Yo sé que usted sabría prometerme, jurarme el cumplimiento de esto que sería imposible, pero yo no creería en discursos vanos. Únicamente su conducta juzgada en todos sus aspectos habría de convencerme.

No sería esto todo, también sería caprichosa. El sacrificio que usted me ofrece de la pequeña Cècile no sería aceptado por mí. Al contrario, le pediría que continuase con tan penoso servicio hasta nueva orden mía; tal vez por abusar de mi imperio, tal vez más justa e indulgente, júzguelo como quiera, me contentaría con disponer de los sentimientos de usted, sin contrariar sus placeres. De todos modos, querría ser obedecida, y mis órdenes serían severas.

Tal vez entonces me conceptuara deudora de agradecimiento; ¡quién sabe! tal vez me decidiera a la recompensa. Seguramente entonces abreviaría una ausencia que me sería insoportable... Volvería a verlo, vizconde; pero ¿cómo?... Recuerde usted que esto no es más que una conversación, simple relato de un proyecto imposible.

¿Sabe que mi proceso me inquieta bastante? He querido conocer cuáles eran mis fuerzas. Los abogados me citan muchas leyes, autoridades, según ellos, y no encuentro en realidad tanta razón y justicia en favor mío. Casi me arrepiento de haber rehusado la transacción que se me propuso. Algo me tranquiliza, sin embargo, pensar en la destreza de mi procurador, la elocuencia de mi abogado y la belleza de la litigante. Si estos tres factores fallaran, fuerza sería cambiar el régimen vigente de raíz, y ¡adiós el respeto a las viejas costumbres!

El pleito es la única causa que me detiene aquí. El de Belleroche está ganado, libre de costas. Le devolveré la libertad no bien llegue a la ciudad. Le haré este doloroso sacrificio, y me consuela el que sabrá agradecérmelo.

Adiós, vizconde, escríbame con frecuencia: el relato de los placeres de usted distraerá mis ocios de fastidio y monotonía.

Castillo de... 11 noviembre 17...
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¡En buena hora, vizconde! Esta vez estoy más contenta de usted que la anterior. Ahora, conversemos como buenos amigos: espero convencerle de que el arreglo que usted propone es una verdadera locura.

¿No ha notado aún que el placer, que es el único objeto de la unión de dos sexos, no es suficiente para constituir un lazo entre dos seres? ¿Qué si es precedido del deseo que los une, es seguido del disgusto y hastío que los separa? ¿Es una ley de la naturaleza sentir el amor a voluntad? Fuerza es tenerlo en toda ocasión; y sería el caso arduo si no bastara que lo hubiese de una sola parte. La dificultad se ha resuelto, pues, a medias; en efecto, uno goza del placer de amar, otro de ser amado, menos vivo en verdad, pero al cual se une el placer de engañar, que sirve de compensación; y todo se arregla así.

Pero, dígame, amigo vizconde, ¿quién de nosotros se encargará de engañar al otro? Recordará usted la historia de aquellos pícaros que se reconocieron jugando. Paguemos, dijeron, la partida a escote por iguales partes; y abandonaron el juego. Sigamos este prudente ejemplo y no perdamos un tiempo que podemos emplear en otras cosas.

Y para probarle que su interés me preocupa más que el mío, y que no me inspira ni el capricho, ni el enfado, no le rehúso el premio prometido: comprendo que en una sola jornada quedaremos satisfechos, y no eludo que sabremos embellecerla, hasta el punto de que termine a disgusto. Pero no olvidemos que ese sentimiento es necesario para la dicha: y que por muy dulce que sea nuestra ilusión, no pensemos por eso que haya de ser durable.

Ya ve cuán generosa es mi conducta, antes de que usted se ha justificado a mis ojos: porque al fin, yo debía haber recibido ya la primera carta de la celestial virtud, y aún no he recibido nada; será tal vez que usted ha olvidado las condiciones del trato, o que le interesa menos de lo que piensa hacérmelo creer. Sin embargo, o yo me engaño, o la tierna devota debe escribir mucho: pues, ¿qué hará cuando esté sola? Ella no tendrá seguramente medios de distraerse. Tendría, si quisiera, algunos reproches que hacer a usted; pero los paso en silencio, en cambio del mal humor que mostré en mi última carta.

Ahora, vizconde, no me queda más que hacerle una súplica, tanto por usted, como por mí; y es el diferir nuestra entrevista hasta mi vuelta a la ciudad. Por un lado tendremos la libertad necesaria; ni yo correré por lo demás riesgo alguno, porque los celos podrían ligarme más al imbécil de Belleroche, de quien comienzo a desprenderme. Al mismo tiempo verá usted que no sería meritoria una infidelidad a Belleroche. Una infidelidad recíproca daría mayor encanto a nuestro amor.

Sepa que deploro a veces que estemos reducidos a estos recursos. En el tiempo en que nos amamos, y yo creo que aquello era amor, yo era dichosa, ¿y usted, vizconde?... Pero, ¿a qué ocuparse ahora de una dicha que no puede volver? No, no puede volver, vizconde. Por lo demás, ¿yo exigiría sacrificios que usted no podría o no querría hacer por mí, y que tal vez yo no merezca? ¡Oh, no! ni aun quiero pensar en esto; y a pesar del placer de ocuparme en escribirle, prefiero dejarlo bruscamente.

Adiós, vizconde.

Castillo de... 6 noviembre 17...
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Si no he respondido, vizconde, a la carta que me dirigió usted el 19, no ha sido por falta de tiempo; es sencillamente porque me ha puesto de mal humor, y porque no he visto en ella el sentido común. Creí que no debía hacer cosa mejor que no ocuparme de ella; pero su insistencia, y el peligro de que piense que mi silencio significa asentimiento, me fuerza a contestarle.

Yo habré tenido alguna vez la pretensión de reemplazar a todo un serrallo, pero nunca he consentido en figurar como parte de él. Creí que usted lo sabía. Ahora que al menos no ha de ignorarlo, juzgará de lo ridículo de su pretensión. ¿Que sacrifique un gusto, y un gusto nuevo,
para ocuparme de usted? ¿Y para ocuparme cómo? esperando a mi vez como esclava sumisa los favores de su alteza. Cuando, por ejemplo, usted quieta distraerse un momento del encanto desconocido que la adorable, la celestial madame de Tourvel le ha hecho experimentar, o cuando ha temido comprometer acerca de la admirable Cècile la idea que pretende hacerla concebir de usted: entonces, descendiendo hasta mí, vendría a encontrar placeres menos vivos, en verdad, pero sin consecuencia; y sus preciosas dotes, aunque un poco raras, bastarán para mi dicha.

En verdad que usted abunda en virtudes, en opinión de sí mismo; pero yo tampoco peco de modestia: y, a Dios gracias, aún no me encuentro en bancarrota. Es tal vez un defecto mío, pero debo advertirle que tengo otros más.

Tengo, además, el de creer que el escolar, el empalagoso Danceny, únicamente ocupado de mí, sacrificándome, sin hacer mérito de ello, una pasión anterior, antes de haberla satisfecho, y amándome como se ama a su edad, podrá, a pesar de sus veinte años, trabajar más eficazmente que usted, para mi dicha y mis placeres. Y, además, si me viniera en mientes buscarle un compañero, no sería usted, al menos por ahora.

¿Por qué razón, me preguntará? En primer lugar, podría muy bien no haber ninguna: porque el capricho que me haría preferir a usted, sería igual para excluirlo. Quiero, sin embargo, por cortesía, justificarle mi negativa. Me parece que usted tendría demasiados sacrificios que hacer; y yo, lejos de pagarle agradecida, aún me consideraría acreedora a muchos más. Usted ve que estando tan alejados uno de otro, no podemos aproximarnos de ningún modo; y creo que necesito mucho tiempo para cambiar de opinión. Cuando me corrija, le prometo anunciárselo. Hasta tanto, créame usted, haga otros arreglos, y guarde sus besos; ¡tiene tantas a quien dedicarlos!

¿Adiós, como en otro tiempo, dice usted? En otro tiempo hacía más caso de mí; aún no me había dedicado a los terceros papeles; y, sobre todo, esperaba usted mi asentimiento, antes de contar con él. No se incomode, si en vez de decirle adiós, como en otro tiempo, le digo adiós, como al presente.

Servidora de usted.

Castillo de..., 31 octubre 17...
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He recibido su carta, mi demasiado joven amigo; pero antes de dar gracias a usted, es preciso que le riña; y le prevengo, que si no se corrige, no tendrá más respuesta mía. Abandone, pues, ese tono de zalamería, pura jerga ficticia, que no es verdadero lenguaje del afecto. ¿Es ese el estilo de la amistad? No, amigo mío, cada sentimiento tiene su lenguaje; servirse de otro, es disfrazar el pensamiento que quiere expresarse. Ya sé que nuestras mujeres no entienden nada de lo que quiere decírseles, si no se les traduce en la jerga usual; pero yo creo merecer el que usted me distinga de ellas. Mucho me enoja verme tan mal juzgada.

Usted encontrará en mi carta lo que falta en la suya, franqueza y sencillez. Le diré, por ejemplo, que tendría un gran placer en verle, y que me contraría mucho no tener cerca de mí sino gentes que me enojan, en lugar de gentes que me agraden; pero usted traduciría sin duda esta misma frase: aprenda usted a vivir lejos de donde vivo; de modo que cuando se encuentre cerca de su amada, usted no sabrá vivir sin mi presencia tampoco. ¡Qué piedad! ¿y esas mujeres a quienes falta tan bien ser como yo (tal, según usted, le acontece a la joven Cècile), no harán sin mí la dicha de usted? He aquí dónde conduce un lenguaje, que, por el abuso, está aún por debajo de la torpe jerga de cumplimiento, simple protocolo a quien no se da más fe que a un servidor cualquiera.

Amigo mío, cuando usted me escriba, que sea para decirme su modo de pensar y de sentir, y no para enviarme frases que encontraré sin duda en la primera novela del día.

Espero que no se ofenda por cuanto le digo, aunque en ello tal vez descubra algún mal humor, que no niego tener: pero para evitar en todo el defecto que en usted reprocho, no le diré que mi disgusto provenga de su alejamiento. Me parece que, no obstante, usted vale más que un proceso y dos abogados, y aún más que el atento Belleroche.

Ya ve que en vez de atormentarse con mi ausencia, debiera felicitarse de ella; pues nunca había hecho a usted tan bello cumplimiento. Veo que el ejemplo me contagia, y que a mi vez voy a caer en la adulación; pero no, prefiero atenerme a mi franqueza; ella tan sólo le asegurará de mi tierna amistad. Es muy grato tener un amigo joven cuyo corazón se encuentra en otra parte. No es éste el sistema de todos las mujeres, pero es el mío. Creo preferible entregarse a un sentimiento del que nada se teme: por eso he sido para usted una confidente tal vez demasiado joven; pero como usted elige sus amores tan jóvenes, me ha hecho apercibir, quizás antes de tiempo, que soy un tanto vieja. Hace bien en prepararse para una larga y duradera confianza, y yo le prometo que en nada me opondré a este lazo recíproco.

Razón tiene usted en parar mientes en los motivos tiernos y honrados que, según me indica, retrasan su ventura. La defensa obstinada es el único recurso que resta a quienes deben sucumbir en el asedio; y lo que yo encontraría imperdonable en otra que no fuera la pequeña Volanges, sería el no saber escapar de un peligro de que ha sido advertida sobradamente por la confesión de su amor. ¡Los hombres no tienen idea de lo que es la virtud, y de lo mucho que el sacrificarla cuesta! Pero a poco que una mujer razone, debe saber cómo, independientemente de su falta, una debilidad es para ella la mayor de las desgracias; y me parece imposible que ninguna incurra en tal flaqueza si ha tenido un solo momento para
reflexionar.

No trate usted de combatir esta idea: ella es la que principalmente me impulsa a la amistad que le profeso. Usted me salvará de los peligros del amor, y aunque hasta el presente he sabido defenderme bien, consiento en reconocerme agradecida, y esta gratitud redobla mi afecto.

A Dios ruego que lo tengo en su santa guarda.

Castillo de..., 22 de octubre de 17...
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Debo prevenirle, vizconde, que comienza a despertar la curiosidad de París; que empieza a notarse su ausencia, y tal vez a adivinarse la causa. Asistí ayer a una comida donde acudieron multitud de personas; allí se afirmó categóricamente que la causa de su destierro era un amor novelesco y desgraciado.

El gozo se pintaba en los rostros de todos los envidiosos de su, fortuna y de las mujeres que ha abandonado. Yo le aconsejo que no deje tomar cuerpo a estos rumores, y que venga a destruir con su presencia tan falsas suposiciones.

Piense que si una vez se cree que hay alguien capaz de resistir a sus seducciones, dará motivo a que, en efecto, haya quien las resista en lo sucesivo; que sus rivales le perderán el respeto, y osarán combatirle: ¿quién de entre ellos no se creerá más fuerte que la virtud? Piense, sobre todo, que entre las mujeres que figuran en su lista, las que no ha conseguido usted tratarán de desengañar al público, y las otras tratarán de engañarlo. Se le apreciará en menos de cuanta usted vale, como hasta el día se le ha apreciado en más.

Vuelva usted, y no sacrifique su reputación a un capricho pueril, Usted ha hecho cuanto queríamos de la pequeña Volanges; y en cuanto a la presidenta, ¿cree que ha de burlarse? Tal vea no pienso en usted más que para celebrar el haber logrado humillarle. Aquí al menos podrá usted encontrar alguna ocasión de reaparecer brillante y gallardamente, que buena falta le hace; y aun cuando se obstine en su ridícula aventura, no creo que su vuelta lo perjudique en nada... al contrario.

En efecto, si la presidenta adora a usted, como tantas veces usted me lo ha dicho, y tan pocas probado, su único consuelo, su único placer, debe ser aflora hablar de usted, saber lo que hace, lo que dice y piensa, y todo cuanto le atañe. Tales miserias encuentran su valor en razón directa de las privaciones que se sufre. Son migajas de pan de la mesa del rico, no falta quien las desdeñe, pero el pobre las recoge y de ellas se nutre. Ahora bien; la pobre presidenta acepta ahora todas estas migajas. Mientras más se las escatime usted, más el hambre logrará azuzar en ella. Además, puesto que usted conoce a su confidente, no dude que cada carta de ella abundará en sermones, y en cuanto ella crea que haya de corroborar su prudencia y patentizar su virtud. ¿A qué dejarle a la vez recursos para defenderse, y para perjudicar a usted?

No soy, en absoluto, de su parecer en cuanto a lamentar el cambio de confidente. Desde luego madame Volanges lo aborrece, y el odio es siempre más perspicuo e ingenioso que la amistad. Toda la virtud de la tía de usted no ha de llevarla a maldecir un solo instante de su amado sobrino; que la virtud tiene también sus flaquezas. Vuestros temores parten de un principio absolutamente falso.

No es cierto que a medida que las mujeres envejecen se vuelven ásperas y severas. De los cuarenta a los cincuenta años sí, cuando su semblante se marchita, y la rabia de verse obligadas a abandonar placeres y amoríos se apodera de ellas. Entonces casi todas se tornan acres e impertinentes, fieras y desdeñosas. Tanto tiempo necesitan para consumar la abdicación y el sacrificio: después se dividen en dos clases.

Las más, que no han tenido más que su palmito y su juventud, caen en una apatía imbécil, y de ella no salen más que para el juego y para algunas prácticas de devoción; tal está siempre enojada, a menudo gruñona, a veces intolerable, casi nunca aviesa. No se puede decir que sean severas ni que dejen de serlo: sin ideas, sin propia vida, repiten indiferentemente, y sin comprenderlo, cuanto oyen decir; su personalidad es nula e inofensiva.

Otras, las menos, y que constituyen clase más preciosa y selecta, son aquellas mujeres que habiendo tenido su carácter, y habiendo pensado alguna vez por cuenta propia, saben aún crearse una existencia, cuando ya les falta aquella a la que fueron inclinadas, y toman el partido de engalanar su ingenio de aquellos atavíos que huelgan ya para su semblante estas suelen tener el juicio sano, el espíritu alegre, sólido y grande. Reemplazan los encantos de la seducción por la bondad que obliga y por aquella jovialidad que la edad trae consigo a veces: así logran acercarse a la juventud y hacerse amar. Y entonces, lejos de ser, como usted dice, rígidas y severas, el hábito de la indulgencia, las largas reflexiones sobre la humana flaqueza, y, sobre todo, el recuerdo de su juventud, del que ellas viven todavía, las hacen fáciles y asequibles, inclinadas a veces de la parte más débil.

Yo, en fin, puedo decirle que habiendo buscado siempre a las viejas, y temprano reconocido la utilidad de sus sufragios, siempre encontré muchas entre ellas a quien mucho el afecto me obligaba, a pesar del interés que motivara mi inclinación primera. Y me detengo aquí: porque
ahora que usted se inflama tan pronto y tan moralmente, temo se prenda súbitamente de su anciana tía, y que con ella se entierre en la tumba en que ya vive hace tiempo.

A pesar del encanto que le produce la colegiala, no creo que en nada intervenga en sus planes. La tuvo usted a su alcance, e hizo presa de ella; nada más natural: ¡enhorabuena! pero esto no tendrá mayor trascendencia. No es esto, a decir verdad, un goce verdadero. Usted no posee de ella más que el cuerpo. No hablaré de su corazón, que poco le inquietará sin duda: ni aun su cabeza usted ocupa. Ignoro si lo habrá notado; pero yo tengo pruebas de ello por la última carta que me ha escrito*, y que le envío, para que la lea. Mire cómo cuando habla de usted en ella, es siempre de monsieur de Valmont; que todas estas ideas, aun aquellas que usted en ella inculcara, no paran sino en Danceny, a quien no llama monsieur, sino Danceny a secas. Así lo distingue de todos los demás; y aun entrelazándose a usted, para él guarda su confianza. Si tal conquista le parece seductora; si los placeres que ella le da mucho lo obligan, seguramente usted se contenta con poco. Guárdela, en buena hora, que en nada a mis proyectos se opone. Pero me parece que no vale la pena que de ella se preocupe usted un cuarto de hora; que también es preciso conservar cierto imperio, y no permitirle, por ejemplo, que a Danceny se aproxime, sino después de habérselo hecho olvidar un poco.

Antes que deje de ocuparme de usted, para volver a mí, quiero decirle que la enfermedad que piensa usted adquirir, es muy conocida y usada. En verdad que usted no cavila cosa mayor. Yo, por mi parte, también me repito algunas veces como verá; pero procuro disimular, por los detalles, y por último, el éxito me justifica. Aún quiero intentar un nuevo ardid de esta clase, y correr una nueva aventura. Convengo en que no tendrá el mérito de la dificultad; pero al menos será una distracción para mí, que me aburro mortalmente.

Ignoro por qué, desde la aventura de Prevan, Belleroche se me ha hecho insoportable. De tal manera ha redoblado sus atenciones, su ternura, su veneración, que ha llegado a empacharme. Su cólera en el primer momento, me pareció donosa; fue preciso, no obstante, mitigarla; que hubiera sido comprometerme el no ponerle freno: y no había medio de hacerlo entrar en razón. He tomado el partido de mostrarle mayor amor, para conseguir mi propósito; pero él ha tomado esto tan en serio, que desde hace algún tiempo me agobia de un eterno embeleso. Noto, sobre todo, la insultante confianza que de por sí toma, y su aire de conquista definitiva y segura que cree haber alcanzado. Me humilla, en verdad, el bueno de Belleroche. Y a fe mía que me aprecia en poco si se cree capaz de tasarme. Llegó a decirme ¡asómbrese usted! que yo no había amado a nadie más que a él. Por el momento, tuve necesidad de toda mi prudencia para no desengañarle al punto, diciéndole toda la verdad. ¡Es, ciertamente, un ente propio para tener un derecho exclusivo! Convengo en su buen talle, y no mal empaque y semblante de galán; pero, en verdad, todo no pasa de un simple ardid de amor. Y el momento ha llegado, en fin, en que debemos separarnos.

Procuro desde hace quince días consumar la ruptura, y he empleado la frialdad, la impertinencia, el desdén, y toda suerte de querellas e inconveniencias; pero el personaje en cuestión no suelta la prenda; fuerza es tomar otro partido: en consecuencia, lo llevo a mi casa de campo. Mañana partimos. No habrá allí entre nosotros más que algunas personas desinteresadas y de pocos alcances; y allí estaremos como en el mayor retiro. Allí lo agobiaré de modo tal, por el amor y las caricias, viviremos hasta tal punto en completo idilio, que acabará por desear aún más que yo el fin de este viaje, que ahora tanto lo halaga, y a fe mía que si no vuelve más cansado de mí que yo lo estoy de él, entonces, vizconde, ya no queda más recurso que el que a usted se le ocurra.

El pretexto de esta retirada es el de ocuparme seriamente de mi gran pleito, que ha de juzgarse, en efecto, al fin o al comienzo del invierno. Y así sea, que mucho me inquieta ver toda mi fortuna en el aire. No es que me preocupe el hecho: la razón me abona; mis abogados me lo aseguran también: y aunque no me abonara, mucha sería mi torpeza sino supiera ganar un pleito en que mis adversarios son dos menores y un viejo tutor. Como es preciso, no obstante, no abandonar nada en asunto tan importante, llevaré conmigo dos abogados. ¿No encuentra usted chusco este viaje? Si gano el pleito y pierdo Belleroche, no habré perdido mi tiempo.

Ahora, vizconde, adivinad el sucesor, aunque ya sé que no adivináis las cosas. Pues bien: Danceny. Os extraña, ¿no es eso? porque, al fin, todavía no me he quedado para educar niños. este merece que se haga una excepción en su favor; tiene las gracias, pero no la frivolidad de la juventud.

Su gran reserva en el círculo contribuye a alejar toda sospecha, y se le encuentra más amable cuando se explaya en una conversación íntima. No quiere esto decir que haya conversado con él por mi cuenta; aún no he sido más que su confidente: pero bajo el velo de la amistad creo adivinar una gran simpatía hacia mí, y siento que él también va inspirándome mucha. Sería una verdadera lástima que tanto ingenio y delicadeza fuesen a sacrificarse y a fracasar cerca de esa imbécil de Volanges.

Espero que se equivoque al creer que la ama: ¡está ella tan lejos de merecerlo! No es que yo esté celosa; pero sería un asesinato, y quiero salvar a Danceny. Ruego, pues, a usted, que procure cuidadosamente que no pueda acercarse a su Cècile, como tiene ahora la mala costumbre de llamarla. La primera inclinación tiene siempre más fuerza de lo que se cree, y no estaría segura de nada si volviese a verla ahora, sobre todo en ausencia mía. A mi vuelta, yo me encargo y respondo de todo.

He tratado de traer al joven conmigo, pero he hecho el sacrificio a mi prudencia ordinaria; y además hubiese temido que se apercibiera de algo entre Belleroche y yo, y me hubiera desesperado que tuviese la menor idea de lo que pasa.

Quiero, por lo menos, presentarme a su imaginación pura y sin tacha; tal, en fin, como debiera ser para ser verdaderamente digna de él.

París, 15 de octubre de 17...

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*Ved la carta CIX.
* * *
Amigo y señor vizconde: ha dado usted el golpe a las mil maravillas, y por eso lo quiero a usted en extremo. Por lo demás, a vista de la primera carta, bien podía esperarse la segunda, y de donde no me ha causado admiración; y mientras que usted, orgulloso de sus futuros éxitos, solicitaba la recompensa, y me preguntaba si estaba pronta, veía que no tenía necesidad de apresurarme. Sí, porque al leer la hermosa relación de tan famosa escena y la viva impresión que usted habría sabido inspirar, al ver su acomodamiento digno de los más bellos tiempos de la caballería, dije veinte veces: Este lance se frustrará. Bien que no podía suceder de otro modo. ¿Qué quiere usted que haga una pobre mujer que se rinde y se la deja así? A fe mía, que en este caso, es necesario a lo menos salvar el honor, y esto es justamente lo que ha hecho la presidenta. Yo he comprendido bien que el partido que ha tomado no es completamente inútil y me propongo servirme de él, por mi cuenta, en la primera ocasión seria que se presente; pero prometo que si aquel por quien hiciese los gastos, no se aprovecha de ellos mejor que usted, no tiene que contar nunca conmigo.

Véase usted anonadado, y esto teniendo dos mujeres, la una destinada para la mañana siguiente, y la otra que lo deseaba ansiosa. ¡Pues bien! Usted va a creer que me jacto, y a decir que no es difícil adivinar después de ver; pero le juro que lo esperaba así; porque en realidad usted no tiene el ingenio de los hombres de su estado; sólo sabe cuanto le enseñan, no inventa nada. Por esta razón luego que las circunstancias no se prestan a las fórmulas usadas, y lo obligan a dejar el camino de todos, se queda perplejo como un infeliz cadete. En fin, una niñería de un lado, y del otro un rasgo de gazmoñería que no es muy común, bastan para desconcertarle. No sabe ni prevenirlos ni evitarlos. ¡Ah! vizconde, vizconde, usted me enseña a no juzgar a los hombres por sus éxitos y pronto habrá que decir de usted: ¡Fue bravo un día! Y después que usted haya hecho tontería sobre sandez, recurrirá a mí. ¿Le parece que yo vio tengo que hacer más que repararlas? En verdad vizconde que no sería obra corta de realizar.

Sea lo que fuere de estas dos aventuras, la una se ha emprendido contra mi voluntad, y no quiero mezclarme en ella. En curato a la otra, como en cierto modo me ha complacido usted, la tomo como asunto propio. La carta que incluyo, que usted entregará en seguida a la chiquita Volanges, es más que suficiente para que vuelva a su amistad; pero le suplico que trate con cuidado a esa niña, y propongámonos de común acuerdo el desesperar a la madre y a Gercourt. Veo claramente que la personita no se espantará, y luego que se cumplan nuestras miras ella hará lo que quiera.

Dejo esto enteramente a su cuidado. Tiene una tonta ingenuidad, que no ha cedido ni aun al específico que usted le ha administrado, que sin embargo es casi siempre infalible, y ésta es a mi ver la enfermedad más peligrosa que puede tener una mujer. Denota sobre todo una debilidad de carácter casi siempre incurable que se opone a todo; de suerte que ínterin no nos ocupemos en formar una muchachita para la intriga no paremos de ella más que una mujer fácil. Ahora bien; no conozco nada tan común como esta tontería, que se rinde sin saber cómo ni por qué, tan sólo por no saber resistir el ataque. Estas mujeres sólo son máquinas destinadas al placer.

Usted me dirá que no hay que hacer otra cosa, y que esto basta para nuestros proyectos. Sea así, pero no olvidemos que todas llegan pronto a conocer los resortes y motores de estas máquinas; por esta razón para servirse de ésta sin perjuicio, es preciso despachar, detenerse con tiempo, y después romperla. En verdad que no nos faltarían motivos para defendernos de ella, y Gercourt la pondrá a buen recaudo cuando nos plazca. Al hecho, cuando no pueda juzgar de su desgracia, y cuando sea pública y notoria: ¿qué nos importa que se vengue con tal que no se consuele? Lo que digo del marido usted lo piensa sin duda de la madre, ahí está el equivalente.

Este partido, que me parece el mejor y en que paro mientes, me ha decidido a asediar a la joven, como usted verá por mi carta. Es también muy importante no dejar nada en sus manos que pueda comprometernos, y le suplico ponga atención en esto. Tomada una vez esta precaución, yo me encargo de la moral; cumple a usted el resto. Con todo, si vemos en lo sucesivo que la ingenuidad se corrige, siempre estaremos a tiempo para mudar de placer. Al cabo hubiéramos tenido que hacer, un día u otro, lo que vamos a hacer ahora. En ningún caso serán inútiles nuestras diligencias.

¡Sabe usted que ha faltado poco para que las mías se huyan frustrado y para que prevaleciese el hado de Gercourt sobre mi prudencia!

¿No ha tenido la señora de Volanges un momento de debilidad materna? ¿No quería dar su hija a Danceny? Esto era lo que anunciaba aquel interés materno, que usted observó la mañana siguiente. ¡Usted habría sido también la causa de esta hermosa obra maestra! Por fortuna la tierna madre me escribió, y espero que mi respuesta no le habrá agradado. Hablo en ella tanto de virtud, y sobre todo de tal manera la engatuso, que debe creerme en la razón.

Siento no haber tenido tiempo para quedarme con copia, a fin de edificar a usted con la austeridad de mi moral. ¡Ah! ¡verá cómo desprecio a las mujeres tan degradadas que quieren tener un amante! ¡Es tan fácil ser rigorista en estos discursos! Esto sólo daña a los otros, sin causarnos alguna incomodidad. Además de que no ignoro que la buena señora ha tenido en su tiempo sus debilidades como cualquier otra, y no me disgustaba causarle esa íntima humillación. Esto me consolaba un poco cuando pensaba en las alabanzas que yo le daba contra mi conciencia. Así es como en la misma carta la idea de perjudicar a Gercourt me daba alientos para hablar bien de él.

Adiós, amigo vizconde: apruebo mucho la decisión que ha tomado de permanecer en ésa. No tengo arbitrio para acelerar su partida; pero le invito a que se divierta con nuestra común pupila. Por lo que toca a mí, a pesar de su atenta cita, ve usted que es preciso esperar todavía; y convendrá sin duda, en que no es culpa mía.

París, 4 de octubre de 17...
* * *
¿Con que está usted, amiga mía, muy enfadada y abochornada! ¿No es verdad que el señor Valmont es un hombre perverso? ¡Cómo! ¡tiene valor para tratar a usted como si fuera una mujer a quien amase mucho! ¡y la enseña lo que tanta gana tenía de saber! En verdad que esta conducta es imperdonable. ¡Y usted, por su parte, quiere ser prudente con su amante (que no abusa de su discreción); usted sólo busca en el amor las penas, y no los placeres. Nada mejor; y usted será digna de figurar a las mil maravillas en una novela. ¡Pasión, desgracia, y sobre todo virtud, qué cosas tan bellas! En medio de esta brillante comitiva se fastidia uno, ciertamente, algunas veces; pero también se desquita.

Vea usted la pobre niña ¡cuán digna es de compasión! ¡tenía a la mañana siguiente los ojos tan abatidos! ¿Y qué diría si esto sucediera delante de su amante? Vaya, hermoso ángel mío, que esto no le sucederá siempre así; pues todos los hombres no son como Valmont. ¡Y no haberse atrevido a levantar allí los ojos! ¡Oh! a la verdad que ha tenido usted razón; todos hubieran leído en ellos su aventura. Créame, sin embargo; si esto fuese así, muchas mujeres, y aun muchas señoritas, mirarían con más modestia.

A pesar de las alabanzas que me veo precisada a prodigarle, como ve, es necesario convenir que lo ha errado de medio a medio en no participárselo a su madre. ¡Había usted comenzado tan bien! ¡Se había echado en sus brazos; había gemido y también llorado! ¡Qué escena tan patética! ¡qué lástima no haberla acabado!

Su tierna madre, llena de gozo, la hubiera puesto a usted para siempre en un convento, con el objeto de auxiliar su virtud, y allí hubiera podido amar a Danceny cuanto hubiese querido, sin rivales, y sin pecado. Se hubiera usted abandonado al dolor a sus anchuras; y Valmont, seguramente, no hubiese ido a turbar su aflicción con placeres que la repugnan.

Hablando seriamente, ¿es posible que teniendo ya quince años bien cumplidos sea todavía una niña? Dice bien que no merece mis bondades.

Quiero, sin embargo, ser su amiga, y acaso lo necesita usted con la madre que tiene y el marido que desea darle. Pero ¿qué quiere que hagamos, si no trata de formarse más? ¿Qué puede esperarse de usted, cuando lo que hace venir el juicio a las otras, parece, al contrario, que a usted se lo quita?

Si pudiera reflexionar un momento consigo misma, hallaría muy pronto que en lugar de quejarse, debería darse el parabién. ¡Pero usted está avergonzada, y esto la incomoda! ¡Ay! cálmese ya; el bochorno que causa el amar es como su dolor, que no se experimenta más de una vez. Podemos todavía fingirle después; pero ya no lo sentimos. Con todo, el placer queda, y esto no es poco. Me persuado que, en medio de su charla, he descubierto que usted lo tuvo muy grande.

Vamos, un poco de buena fe: hábleme con franqueza. La turbación que le impidió obrar como decía, que hacía que usted hallase tan difícil el defenderse, que .la puso de mal humor cuando Valmont se marchó, ¿era la vergüenza lo que la causaba, o era el placer? ¿Y este modo de insinuarse, al que no se sabe qué responder, no provendría del modo de obrar? ¡Ah, muchachita! ¡usted no me dice lo que siente, y engaña a su amiga! Esto no me parece bien. Pero dejémoslo a un lado. Lo que para todos sería un placer, y quizás nada más, vendría a ser para usted en su situación una felicidad. En efecto, colocada entre una madre de quien le conviene ser amada, y un amante a quien desearía querer perpetuamente, ¿cómo no ve que el único medio de lograr estas dos cosas es el de ocuparse de un tercero? Distraída con esta nueva aventura, mientras que usted tendría el aire de sacrificar para con su madre un gusto que le desagradaría, adquiriría para con su amante el honor de una gloriosa defensa. Protestándole continuamente de que lo quería, no le concedería las últimas pruebas de amor.

Estas repulsas, tan poco penosas en su situación, no dejaría su amante de atribuirlas a sus virtudes. Tendría, acaso, lástima de usted; pero la amaría por eso más; y para tener el doble mérito, a los ojos del uno de prestarse al amor, a los del otro de resistirle, no le costaría a usted más gozar de los placeres que él le ofreciera. ¡Oh! cuántas mujeres han perdido su reputación, que la hubieran conservado con cuidado, si hubiesen podido sostenerla por semejantes medios!

¿No encuentra este partido que le propongo como el más razonable y el más dulce? ¿Sabe usted lo que ha conseguido con el que ha tomarlo? Que su madre ha atribuido su excesiva tristeza a un extremado amor; que se halla picada de esto; y que para castigarla, sólo espera estar bien segura de ello. Acaba de escribirme sobre este particular; y se valdrá de todos los medios para arrancarle esta confesión, y aun me dice que llegará hasta proponerle por esposo a Danceny; y todo con el objeto de hacerla a usted hablar. Y si dejándose seducir por esta falaz ternura, responde ingenuamente, bien pronto será usted encerrada para mucho tiempo, y quizás para siempre, y llorará despacio su ciega credulidad.

Es necesario, pues, que esta astucia que quiere emplear contra usted, sea combatirla con otra. Empiece por mostrarle menos tristeza, y por hacerle creer que se ocupa menos de Danceny. Ella se persuadirá de esto tanto más fácilmente, cuanto es el efecto ordinario de la ausencia; y
se lo agradecerá tanto más, cuanto hallará en esto una ocasión de aplaudirse de su prudencia, que le ha sugerido este arbitrio. Pero si conservando alguna duda, insiste en probarla, y le habla de matrimonio, sométase a su voluntad como una hija bien nacida. Y a la verdad, ¿qué arriesga usted en ello?

Por lo que hace a un marido, siempre vale tanto como una madre; y el más modesto es aún menos incómodo que ésta. Una vez que esté contenta con usted, tratará al fin de casarla; y entonces, siendo ya más libre, podrá, a se elección, dejar a Valmont para tomar a Danceny, o guardarlos a ambos. Porque, mire usted, Danceny es excelente, y uno de aquellos que se les puede tomar y dejar cuando se quiere, pero no sucede así con Valmont; es difícil guardarle y peligroso dejarle. Se necesita usar con él de mucha destreza, o de mucha docilidad cuando falte aquélla. Pero también, si pudiera usted lograr tenerlo por amigo, sería una felicidad. Él pondría a usted en el primer rango de todas nuestras mujeres a la moda. De este modo se adquiere una consistencia en el mundo; y no hay que avergonzarse y llorar, como cuando las religiosas la hacían comer de rodillas.

Si usted fuese cuerda, no dejaría de hacer las amistades con Valmont, que debe estar muy encolerizado; y como es necesario que usted repare sus tonterías, no tema hacerle alguna insinuación, y así sabrá bien presto que si los hombres nos hacen las primeras, nosotras nos vemos obligadas a hacerles las segundas.

Usted tiene ahora un buen pretexto para éstas, porque no conviene que guarde esta carta; y le exijo que se la entregue a Valmont luego de haberla leído. No olvide el cerrarla antes. Lo primero, porque es necesario dejar a usted el mérito de haber dado este paso con él, y que no parezca que ha sido aconsejada; y lo segundo, porque no tengo en el mundo otra amiga con quien pueda hablar con más franqueza que con usted.

Adiós, hermosa; siga mis consejos, y me dirá si le va bien con ellos.

P. D. -A propósito, se me olvidaba... una palabra todavía. Procure usted pulir más su estilo, pues escribe como una niña. Conozco bien que esto proviene de que usted dice todo lo que piensa. Esto puede pasar entre las dos, porque entre nosotras no debe haber nada oculto. Pero
con todos, y en especial con su amante, siempre tendría, usted el aire de una tontuela. Debe saber que cuando escribe a alguno tratará de decirle más bien lo que a él le agrade que lo que usted piense. Adiós, corazón mío; la abrazo, en lugar de regañarla, esperando que será más razonable.

París, 4 de octubre de 17...
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